Open es la autobiografía menos cortés del tenis profesional contemporáneo. Andre Agassi, ocho Grand Slams, ciento una semanas como número uno del mundo, marido de Steffi Graf y figura icónica del deporte pop desde finales de los ochenta, abre el libro con una declaración que recorrió el mundo en pocos días: "Odio el tenis, lo odio con una pasión oscura y secreta, y siempre lo he odiado". A partir de ahí, durante cuatrocientas treinta y dos páginas escritas con el oficio invisible del Pulitzer J.R. Moehringer, Andre desmonta los mitos que el deporte y la prensa habían construido sobre él durante veinte años de carrera. La infancia bajo el cañón lanzapelotas custom de su padre Mike Agassi (boxeador olímpico iraní-armenio reconvertido en padre obsesivo); la prisión adolescente del internado Bollettieri; la fama precoz como número tres del mundo a los dieciocho años; la falsa identidad de la era Canon ("Image is everything"); la caída a metanfetamina y al puesto ciento cuarenta y uno del mundo en mil novecientos noventa y siete; el test antidopaje fallido que la ATP encubrió; el renacer con Brad Gilbert; el matrimonio frustrado con Brooke Shields; el matrimonio salvador con Steffi Graf; la fundación de un colegio público gratuito en Las Vegas como redención fuera del deporte que detestaba. Esta versión extendida amplía la trama con dos momentos adicionales (la victoria de Wimbledon mil novecientos noventa y dos contra todo pronóstico y la operación quiropráctica de dos mil cinco que casi le pone fin a la carrera) y dos personajes adicionales (Gil Reyes, su preparador físico durante diecisiete años, y Perry Rogers, manager y amigo de infancia), incorpora ocho referencias literarias cruzadas, cinco diagramas explicativos y una nueva sección de dos mil palabras sobre la psicología del deportista forzado.
Mike Agassi, nacido como Emmanuel Aghassian en Teherán en mil novecientos treinta, hijo de armenios que sobrevivieron al genocidio, exboxeador olímpico que representó a Irán en los Juegos de Londres mil novecientos cuarenta y ocho y Helsinki mil novecientos cincuenta y dos, emigró a Estados Unidos a comienzos de los sesenta y se instaló en Las Vegas, donde trabajaría treinta años como capitán de botones en el casino Tropicana. Mike tomó una decisión que marcaría el resto de la vida de su hijo pequeño: uno de sus cuatro hijos sería número uno del mundo en tenis. Cuando descartó a los tres mayores —Rita, Phil y Tami— por temperamento, género o estatura, depositó todo el peso del proyecto familiar sobre Andre, el pequeño, nacido en abril de mil novecientos setenta.
Mike construyó en el patio trasero de la casa de Las Vegas una pista de tierra batida y le instaló un cañón lanzapelotas custom-built al que apodaron the dragon, capaz de disparar bolas a velocidades absurdas y de forma continua durante horas. La cuota diaria que había calculado era de dos mil quinientas bolas al día, lo que sumaba aproximadamente un millón de bolas al año. Andre empezó a entrenar contra el dragón a los tres años. A los siete jugaba con adultos. A los nueve ya competía contra adolescentes de quince. La intensidad era constitutiva, no excepcional.
Agassi describe esos años con una mezcla de espanto y normalización. Era simplemente la vida. El padre no aceptaba el fallo. Cualquier bola fuera de la pista era recibida con gritos, golpes en la cabeza con la raqueta, humillaciones públicas frente a vecinos o amigos. Andre aprendió muy pronto a leer el tenis como un código de supervivencia frente al padre, no como un juego. La frase del padre, repetida hasta el infinito, era pega más fuerte, Andre, pega más fuerte. El primer trauma fundacional del libro está ahí: el deporte profesional empieza, en su caso, no como vocación sino como imposición violenta.
"Odio el tenis con una pasión oscura y secreta, y, sin embargo, lo sigo jugando, lo sigo jugando todo el tiempo, porque no tengo otra opción. Por mucho que lo odie, tengo que seguir jugando. No solo es lo que mi padre quiere que haga, es lo que soy." — Andre Agassi, Open
A los trece años, en mil novecientos ochenta y tres, Mike Agassi envía a Andre a la Bollettieri Tennis Academy en Bradenton, Florida. La academia, fundada por Nick Bollettieri en mil novecientos setenta y ocho, era el internado deportivo más duro del mundo en aquel momento. La promesa era explícita: convertir niños en campeones a base de aislamiento y volumen de entrenamiento. La realidad, según Agassi, era un campo de trabajo con pista de tenis. Levantadas a las cinco y media de la mañana, escolaridad mínima encajada entre sesiones, comedor frío, dormitorios masificados, disciplina militar y, sobre todo, la sensación permanente de no poder marcharse.
El sistema Bollettieri operaba bajo una lógica industrial. Niños de ocho a dieciocho años de todo Estados Unidos, y crecientemente de Europa y América Latina, eran enviados por sus padres con la esperanza de que la maquinaria los transformara en profesionales. Bollettieri cobraba caro, pero a Andre lo aceptó gratis: detectó el talento desde la primera semana y supo que tener al chico de Las Vegas en su nómina era publicidad gratuita. Mike, por su parte, vio en la beca una forma de descargarse del proyecto familiar sin renunciar al ambición. Andre, en cambio, descubrió que había cambiado una prisión doméstica por una prisión institucional.
Andre lo llamaba la cárcel. A los catorce años empezó a rebelarse a su manera: melena teñida, pendientes, vaqueros rotos, conductas calculadas para que Bollettieri lo expulsara y poder volver a casa. La estrategia falló porque Bollettieri detectó pronto que el chico era una mina de oro tenística y se hizo el ciego con la rebeldía. La adolescencia entera de Agassi se condensa en esa frustración: querer escapar de un lugar que sus padres no le habrían permitido abandonar y que el dueño no estaba dispuesto a soltar. El primer ejercicio adulto de Andre fue inventarse una identidad rebelde como única forma de existir dentro de un sistema que lo había secuestrado.
Agassi entra en el circuito profesional en mil novecientos ochenta y seis con dieciséis años, y en mil novecientos ochenta y ocho, con dieciocho, ya es número tres del mundo. Su tenis es contundente, su retorno de servicio uno de los más impresionantes nunca vistos —era capaz de devolver el primer servicio de Boris Becker, ciento noventa kilómetros por hora, como un drive plano cruzado—, y su estética rompe el código sobrio del tenis blanco de los ochenta. La marca Canon ficha al adolescente con un eslogan que se le quedaría pegado durante años: image is everything, la imagen lo es todo.
El contrato Canon, firmado en mil novecientos ochenta y nueve por dos millones de dólares anuales, era astronómico para un chico de diecinueve años. Las imágenes de la campaña —Andre con melena rubia teñida hasta los hombros, pendientes de aro, ropa fluo de colores imposibles, vaqueros vaqueros con rotos calculados, mirada provocadora— se convirtieron en el icono visual del tenis de finales de los ochenta. Pero Agassi cuenta el desfase con franqueza incómoda: la imagen de chico rebelde, libre, descarado, era exactamente lo contrario de lo que sentía por dentro. Era un adolescente con la infancia perdida, sin amigos fuera del circuito, sin formación académica, sin idea de quién era cuando se quitaba la raqueta.
Las primeras tres finales de Grand Slam fueron pérdidas dolorosas: Roland Garros mil novecientos noventa frente a Andrés Gómez, Roland Garros mil novecientos noventa y uno frente a Jim Courier (otro alumno de Bollettieri), y US Open mil novecientos noventa frente a Pete Sampras. La opinión pública lo etiqueta como talento que no rinde, showman sin fondo, el chico de Canon. La crítica le duele, le duele mucho, pero no tanto como la sensación interna de estar viviendo una mentira diseñada por otros. La fama precoz le proporcionó dinero y reconocimiento, sí, pero también blindó una identidad de cartón piedra contra la que se rebelaría en silencio durante toda la primera década de carrera.
Wimbledon era, en términos puramente tácticos, el peor torneo posible para Andre. Hierba rápida, juego de servicio y volea, condiciones donde su retorno desde el fondo no debería bastar para ganar. Más aún, Agassi había boicoteado el torneo entre mil novecientos ochenta y siete y mil novecientos noventa por desacuerdo con el código de vestimenta totalmente blanco impuesto por el All England Club, una protesta que la prensa británica nunca le perdonó. Cuando volvió a inscribirse en mil novecientos noventa y uno, el papel de los corredores de apuestas en Londres era claro: Agassi era candidato a cuartos como máximo. Nadie lo veía ganando un Grand Slam sobre hierba.
El cuadro de mil novecientos noventa y dos le puso encima exactamente a los rivales que más le iban a complicar: Boris Becker en cuartos, John McEnroe en semifinales, y en la final un Goran Ivanisevic croata que había servido más aces en el torneo que ningún otro jugador. Andre cuenta los partidos como una serie de cálculos defensivos: en lugar de ganar, no perder. En lugar de devolver con potencia, devolver con profundidad. En lugar de buscar puntos espectaculares, sumar puntos rutinarios. La filosofía contraintuitiva, que años después Brad Gilbert sistematizaría en Winning Ugly, ya estaba en germen en aquel Wimbledon improbable.
La final del cinco de julio de mil novecientos noventa y dos contra Ivanisevic se decidió en quinto set, seis a cuatro, después de un cuarto set que Andre perdió uno a seis y que pensó perdido el partido entero. Cuando convirtió el match point, se dejó caer al suelo y lloró sobre la hierba durante varios minutos. El video de aquel momento dio la vuelta al mundo. Andre lo cuenta con una sinceridad incómoda: no lloraba de alegría, lloraba de cansancio acumulado durante veinte años de presión paterna. Lo que parecía la felicidad del campeón era, según él, el primer respiro de un hombre que había estado conteniendo el aliento desde los tres años. Reagan, presidente cuando empezó a entrenar; Bush padre, presidente cuando ganó. Casi una década entera de presidencias americanas resumida en una sola final.
"Lo que la prensa interpretó como llanto de campeón era llanto de animal exhausto. Llevaba aguantando la respiración desde los tres años. Wimbledon noventa y dos fue la primera vez en mi vida que pude exhalar." — Andre Agassi, Open
Entre mil novecientos noventa y seis y mil novecientos noventa y siete Andre toca fondo. Su matrimonio con la actriz Brooke Shields se desintegra (boda en abril de mil novecientos noventa y siete, separación apenas dos años después), su carrera se hunde tras una operación de muñeca derecha que lo deja casi siete meses fuera del circuito, baja hasta el puesto 141 ATP en noviembre de mil novecientos noventa y siete, y entra en una espiral de consumo de metanfetamina facilitada por un asistente personal apodado Slim. El consumo, según Andre, no era recreativo: era automedicación contra una ansiedad crónica que había arrastrado durante toda su vida adulta y que la combinación de fracaso matrimonial, dolor físico postoperatorio y pérdida de identidad deportiva había llevado al límite.
Agassi confiesa en Open algo que en el momento de la publicación generó un terremoto: en mil novecientos noventa y siete falló un test antidopaje por crystal meth. La ATP recibió el resultado positivo y, tras una carta de Agassi explicando que la droga la había tomado por accidente al beber de un vaso contaminado de su asistente, decidió encubrir el caso y no aplicar sanción. La revelación, escrita doce años después, fue legalmente y mediáticamente costosa. La prensa deportiva, la ATP, los rivales históricos (Sampras, Becker, Roddick), reaccionaron con escándalo cuando salió el libro. ¿Era una confesión limpia o un autobombazo redentor calculado por un memorialista?
Agassi no se exonera: reconoce que la carta a la ATP fue una mentira, que la droga la tomó voluntariamente, que la federación prefirió no abrir un caso por motivos comerciales (Andre era una de las figuras más reconocibles del circuito y un escándalo de dopaje habría dañado la imagen del tenis frente a patrocinadores). La honestidad retrospectiva tiene un coste que Andre asume. El episodio condensa el corazón ético del libro: contar lo que pasó como pasó, aunque empañe el bronce de la estatua que el deporte le había construido. La ATP, presionada por la publicación, abrió una investigación interna sobre la gestión de aquel test que se cerró sin sanciones por prescripción.
En marzo de mil novecientos noventa y cuatro Andre contrata como entrenador a Brad Gilbert, autor del libro Winning Ugly (mil novecientos noventa y tres), un tenista de segunda fila cuya carrera había culminado en un número cuatro mundial pero cuya capacidad analítica para desentrañar la táctica del rival era considerada única dentro del vestuario. Gilbert le explica algo sencillo y demoledor: Agassi no necesitaba más golpe, necesitaba jugar más feo, ganar menos puntos espectaculares y más puntos básicos. La filosofía Gilbert lo libera del peso de la imagen y le devuelve el control sobre lo único que importa, ganar partidos. Bajo su mando, Andre gana el US Open mil novecientos noventa y cuatro (su segundo Grand Slam), reconquista el número uno mundial en abril de mil novecientos noventa y cinco, y reconstruye una carrera que parecía terminada.
El renacer estructural llega después del fondo del noventa y siete. Andre se compromete a sí mismo a regresar al circuito desde abajo, jugando torneos challenger en lugares como Burbank o Las Vegas, perdiendo ante jugadores ranqueados doscientos posiciones por debajo, aceptando humillaciones que ningún ex número uno había aceptado en la historia. La temporada mil novecientos noventa y nueve es probablemente la mejor de su carrera: gana Roland Garros (completando el Career Grand Slam, un logro que solo cinco hombres en la historia comparten con él) y US Open en el mismo año, y termina como número uno mundial. La curva de la carrera, escrita como una matemática imposible, sube exactamente cuando todos la daban por terminada.
El renacer personal llega en dos mil uno cuando se casa con Steffi Graf, ganadora de veintidós Grand Slams, una de las mejores tenistas de la historia. Steffi es lo contrario de Brooke Shields: discreta, profesional, alérgica al circo mediático, capaz de entender desde dentro el peso del deporte de élite. Con ella Andre tiene dos hijos, Jaden Gil (octubre dos mil uno) y Jaz Elle (octubre dos mil tres), y vive los últimos cinco años de carrera con una madurez deportiva nueva. Gana Grand Slams a los treinta y tres años (Australian Open dos mil tres), juega su último US Open en septiembre de dos mil seis con treinta y seis años.
En el verano de dos mil cinco Andre tiene treinta y cinco años, sigue en el circuito y mantiene aspiraciones legítimas a competir por Grand Slams. Pero su lumbar, dañada acumulativamente por veinticinco años de impactos contra pelotas devueltas miles de veces al día, empieza a fallar de forma sistémica. La hernia discal que arrastra desde finales de los noventa se agrava después del Open de Australia de dos mil cinco hasta el punto de que algunos días no puede atarse los zapatos sin ayuda. Andre cuenta el episodio sin pudor: necesita la ayuda de Steffi para levantarse de la cama, y juega el US Open de aquel verano con tres infiltraciones de cortisona repartidas a lo largo del torneo.
La decisión más arriesgada llega en otoño de dos mil cinco: someterse a una manipulación quiropráctica extrema sobre la lumbar dañada, una intervención no quirúrgica pero invasiva que su quiropráctico de Las Vegas, doctor Brian Reilly, le recomienda como única alternativa a la operación de fusión vertebral (que habría implicado el retiro inmediato). La manipulación se realiza bajo anestesia, dura cuatro horas y consiste en romper adherencias formadas alrededor de los discos lesionados para liberar terminales nerviosas. Andre cuenta el postoperatorio como un infierno: tres semanas sin poder caminar más de quince minutos, dolor irradiado al glúteo y a la pierna derecha que le impide dormir, y un parte médico que dice literalmente que su carrera podría haber terminado en quirófano.
La recuperación tarda cinco meses y solo es parcial. Andre vuelve al circuito en abril de dos mil seis ya con el plan implícito de retirarse al final del año. Los siguientes torneos los juega con un nivel de dolor que ningún tenista profesional de su época, dice él en el libro, habría aceptado tolerar. El último US Open de septiembre de dos mil seis, contra Benjamin Becker en tercera ronda, lo juega con infiltraciones diarias y una cortisona epidural anterior al partido. Cuando convierte el último drop shot en bola fuera, cae sobre la pista con la sensación, escribe, de que no era el partido lo que se acababa sino la columna vertebral. La epidural perduraría tres meses más; el dolor de espalda, según Andre, perduraría para siempre.
"Cuando me retiré en septiembre de dos mil seis, no me retiré de un deporte. Me retiré de un cuerpo que llevaba dos décadas pidiéndome permiso para parar. La columna vertebral no entiende de Grand Slams, solo entiende de horas de impacto." — Andre Agassi, Open
El último capítulo de Open no es deportivo. Es educativo. Andre cuenta cómo en mil novecientos noventa y cuatro, en el peor momento de su carrera, junto a Perry Rogers (su amigo de infancia ya convertido en agente) deciden crear la Andre Agassi Foundation for Education en Las Vegas. El proyecto cristaliza en dos mil uno con la apertura del Andre Agassi College Preparatory Academy, un colegio charter school público gratuito para niños de barrios desfavorecidos del oeste de la ciudad. El presupuesto inicial fue de doce millones de dólares, financiados íntegramente por la fundación. El colegio empezó atendiendo a setenta y cinco niños de primaria en su primer año. En dos mil veinte ya atendía a mil doscientos alumnos desde infantil hasta bachillerato.
La idea de fondo es explícita: si Andre no pudo elegir su propia educación —Mike lo sacó de la escuela para entrenarlo, Bollettieri completó la fórmula— al menos podía construir una infraestructura para que otros niños sí pudieran elegir. El tenis fue una imposición; el colegio es una decisión adulta. Andre, ya en su segunda década post-retiro, ha ampliado el alcance del proyecto a través del Andre Agassi Foundation y del fondo Turner-Agassi, que ha movilizado más de cuatrocientos millones de dólares para construir colegios charter en todo Estados Unidos. La obra educativa, en términos de impacto social, ha superado en escala a cualquier logro deportivo individual.
La graduación universitaria de las primeras promociones, que el libro describe con una emoción que Andre no permite a sus propios títulos de tenis, es el momento más conmovedor del epílogo. Andre escribe que se siente más orgulloso de un alumno de su colegio graduado en Princeton que de su Wimbledon. La frase incomoda al circuito pero define el sentido completo del libro: la redención no está en el deporte que detestaba, está en lo que pudo construir después.
"Llevo toda la vida buscando lo que mi padre no me dejó tener: la libertad de elegir. Lo encontré, al final, fuera de la pista de tenis. Lo encontré en un aula de matemáticas de West Las Vegas." — Andre Agassi, Open
Mike Agassi es el personaje más completo y más oscuro del libro. Nacido como Emmanuel Aghassian en Teherán en mil novecientos treinta, hijo de armenios que sobrevivieron al genocidio de mil novecientos quince, exboxeador olímpico (representó a Irán en Londres mil novecientos cuarenta y ocho y Helsinki mil novecientos cincuenta y dos), trabajó de capitán de botones en el hotel Tropicana de Las Vegas mientras criaba a sus cuatro hijos con una visión obsesiva: uno de ellos sería campeón mundial de tenis. Andre lo describe con una mezcla de espanto y comprensión que define el tono completo de Open: no excusa al padre pero entiende sus raíces.
Mike pegaba. Mike gritaba en los partidos. Mike calculaba la temperatura emocional de Andre con la precisión con la que un boxeador calcula el punch del rival. Si Andre perdía un set, recibía un sermón violento en el coche de vuelta. Si Andre ganaba un torneo júnior nacional, Mike inmediatamente le exigía explicaciones sobre el punto del segundo set en el que había bajado intensidad. No había recompensa intermedia. Solo perfeccionismo industrial, ejecutado con manos que ya habían castigado a los rivales del cuadrilátero en Londres y Helsinki.
La presión que Andre vivió no era abuso ocasional sino estrategia metódica de fabricación de un campeón. El precio personal lo paga el hijo durante toda su vida adulta, en forma de odio al deporte, ansiedad crónica, miedo a perder, sensación crónica de impostor. Pero Andre, ya con casi cuarenta años cuando termina de escribir el libro, llega a una reconciliación parcial: su padre era un inmigrante con miedo, sin red, convencido de que el deporte era la única vía de salida para una familia armenia recién llegada a Estados Unidos. La crítica no anula al hombre. Esa madurez retrospectiva es lo que separa Open de una memoir de venganza. Andre cierra el capítulo de Mike con una escena conmovedora: tras la final del US Open mil novecientos noventa y nueve, Mike, ya con sesenta y nueve años, le dice por primera vez en su vida "estoy orgulloso de ti". Andre no llora; mira a su padre y entiende que la frase llega tarde y que tener que ganar Roland Garros y US Open en el mismo año para escucharla define exactamente el contrato emocional que su padre nunca había sabido renegociar.
Brad Gilbert, californiano nacido en mil novecientos sesenta y uno, tenista profesional de los ochenta cuyo ranking más alto fue número cuatro del mundo, entra en la vida de Agassi en marzo de mil novecientos noventa y cuatro como entrenador y se convierte casi inmediatamente en algo más: el primer adulto que le habla con franqueza táctica y sin reverencia. Su libro Winning Ugly (publicado en mil novecientos noventa y tres por Simon & Schuster) había revolucionado la pedagogía del tenis con una tesis sencilla: no importa lo bonito, importa lo eficaz. La filosofía Gilbert se basaba en un cálculo de probabilidad: si tu mejor golpe es el revés cruzado, no juegues paralelos arriesgados; si tu rival saca mejor a la T, prepara el resto para esa zona; si llevas dos puntos perdidos seguidos por intentar lo mismo, cambia. Tenis ajedrecístico, no tenis exhibición.
Bajo Gilbert, Andre aprende a jugar al tenis como un ajedrecista, no como un showman. Las primeras semanas de la colaboración son tensas: Andre, acostumbrado a la pedagogía paterna de gritos y exigencias, no encuentra el código de Brad, que prefiere reuniones largas con video, análisis de puntos perdidos, descomposición técnica de patrones rivales. Cuando entiende el método, la transformación es vertical. El US Open mil novecientos noventa y cuatro lo gana después de seis meses de trabajo con Brad, batiendo a Michael Stich en la final. Andre lo cuenta con humor: por primera vez en su vida sintió que estaba ganando un Grand Slam porque su cerebro había trabajado más que su raqueta.
Pero la aportación de Brad no es solo técnica. Es emocional. Por primera vez Andre tiene a su lado un hombre que le dice cuándo se equivoca sin gritarle, que le devuelve los partidos perdidos como aprendizajes en lugar de fracasos, que le quita el peso de la imagen y le permite jugar al tenis como herramienta y no como prisión. Cuando Gilbert se va en dos mil dos, después de ocho años juntos y seis Grand Slams ganados, la transición es difícil. Andre cuenta que el coach se había convertido en una figura paterna alternativa, una versión correctiva del Mike Agassi original. La frase del libro: "Brad me enseñó que el tenis se podía jugar sin odiarlo. No conseguí del todo amarlo, pero al menos dejé de odiarlo todos los días". Tras la separación, los dos siguen siendo amigos íntimos. Brad sería años después comentarista estrella de ESPN y entrenador puntual de Andy Roddick, Andy Murray y Kei Nishikori.
Gil Reyes es probablemente el personaje masculino más entrañable de Open. Mexicoamericano nacido en Las Vegas, halterófilo amateur, preparador físico de la Universidad de Nevada, conoce a Andre en mil novecientos ochenta y nueve a través de un amigo común en un gimnasio del Strip de Las Vegas. La primera conversación entre ambos, narrada por Andre con cariño técnico, es una sesión de prueba en la que Gil le hace levantar pesas que nunca había levantado en su vida y le explica que su cuerpo, modelado por miles de horas de tenis pero abandonado en términos de fuerza funcional, era una catástrofe pendiente de explotar. Andre lo contrata en el acto.
Durante los siguientes diecisiete años, Gil Reyes acompañará a Andre en absolutamente todos los torneos del circuito. Vivirá con él en habitaciones de hotel, le diseñará programas de pesas específicos para cada superficie (los volúmenes de tierra batida no se preparan como los de cemento, las piernas de hierba no se preparan como las de pista cubierta), le construirá una sala de pesas en el sótano de la casa de Las Vegas y, sobre todo, le ofrecerá una compañía masculina sin agenda comercial. Gil no es agente, no es coach, no es manager: es amigo y preparador, y los dos roles operan en simultáneo con una claridad que el resto del entorno profesional de Andre no logra emular.
El detalle que Andre describe con más emoción es que cuando él falla el test de metanfetamina en mil novecientos noventa y siete, Gil es la primera persona a la que se lo cuenta. Antes que a su agente, antes que a sus padres, antes que a su mujer. Gil no juzga, no aconseja, no proteste. Solo le dice "vamos a la sala de pesas mañana a las seis, como cada día". La respuesta sintetiza lo que Gil representa en la economía emocional del libro: la masculinidad funcional que Andre nunca tuvo con su padre. La sala de pesas se convierte en el espacio terapéutico donde Andre reconstruye no solo la espalda y los abdominales, sino la propia disciplina emocional necesaria para volver al puesto número uno desde el ciento cuarenta y uno.
"Gil Reyes me enseñó que el cuerpo se reconstruye en silencio. Levantando peso, sin gritos, con tres respiraciones por repetición. La sala de pesas fue, durante diecisiete años, el único lugar del mundo donde nadie me pedía nada." — Andre Agassi, Open
Perry Rogers, abogado de formación, amigo de infancia de Andre desde los siete años en Las Vegas, se convierte hacia mil novecientos noventa y dos en su agente personal y, durante la siguiente década, en el arquitecto comercial y filantrópico de toda su carrera. La figura de Perry es estructural pero no glamurosa: él es quien negocia contratos con Nike después de Canon, quien estructura las primeras inversiones inmobiliarias en Las Vegas, quien cofunda con Andre la Andre Agassi Foundation for Education en mil novecientos noventa y cuatro, y quien diseña el modelo financiero del Andre Agassi College Preparatory Academy en dos mil uno.
Andre cuenta la relación con Perry como la versión adulta de una amistad infantil llevada a su forma profesional sin perder su sustancia personal. Los dos crecieron juntos en los barrios al norte del Strip, se hicieron mayores juntos, vivieron juntos los primeros excesos del éxito mediático, y mantuvieron una lealtad mutua que el dinero, el deporte y la fama no consiguieron deformar. Perry, según Andre, es la voz adulta dentro de su entorno que sabe decirle no cuando el resto le dice sí por ti, Andre. La frase del libro: "Perry es el espejo donde me miro cuando ya no me reconozco". La relación se rompería parcialmente años después por desacuerdos comerciales en la fundación, pero Open no documenta esa ruptura.
La aportación de Perry al arco redentor del libro es decisiva. Sin Perry, la idea de crear el colegio habría quedado en buenas intenciones; con Perry, se ejecutó como proyecto inmobiliario, educativo y filantrópico de gran escala. Andre escribe con explícita gratitud: si Brad Gilbert le devolvió el tenis, Perry Rogers le devolvió la posibilidad de imaginar una vida más allá del tenis. Los dos hombres juntos, cada uno desde su frente, compensaron en buena medida el vacío adulto que su padre había dejado tras veinte años de presión sin ternura. Lectura clave: la masculinidad correctiva que Andre nunca tuvo en casa la encontró fragmentada en tres figuras —Brad, Gil, Perry— durante su vida adulta, y juntos construyeron lo que ningún padre individual habría podido construir.
El matrimonio con la actriz Brooke Shields, entre abril de mil novecientos noventa y siete y abril de mil novecientos noventa y nueve, es probablemente el periodo más oscuro y narrativamente más doloroso del libro. Shields, modelo y actriz famosa desde niña por su trabajo en The Blue Lagoon (mil novecientos ochenta) y por la campaña Calvin Klein de mil novecientos ochenta donde, con catorce años, pronunciaba la frase escándalo "nada se interpone entre mis Calvin y yo", conoce a Andre en una etapa en que ambos buscan estabilidad emocional fuera de carreras devoradoras. La química personal funciona, pero el choque cultural entre el mundo Hollywood y el mundo tenis es brutal.
Andre lo cuenta con una honestidad que algunos críticos le reprocharon: el matrimonio empezó como rescate mutuo y terminó como ruptura inevitable. Andre describe escenas demoledoras: cenas de gala donde se siente fuera de lugar, amigos de Hollywood a los que no entiende, el rodaje de Friends donde Brooke besa a Joey y él, espectador del set, siente celos que sabe ridículos. Las dos carreras pedían cosas opuestas. Brooke necesitaba estar en Los Ángeles para rodar, Andre necesitaba estar en torneos por el mundo. Ninguno de los dos podía sostener la promesa.
La pareja se separa en abril de mil novecientos noventa y nueve después de menos de dos años de matrimonio. El propio Andre, años después, reconoce que la decisión de casarse fue precipitada y que ninguno de los dos estaba en condiciones emocionales de sostener la promesa. Brooke Shields respondió a Open con sobriedad, sin atacar el libro pero matizando algunos episodios. La caballerosidad del tratamiento (Andre no la humilla, no la difama) es uno de los rasgos elegantes del memoir. Brooke continuaría su carrera y se casaría en dos mil uno con el guionista Chris Henchy, con quien tiene dos hijas.
El reverso narrativo de Brooke es Steffi Graf. Nacida en mil novecientos sesenta y nueve en Brühl, Alemania Occidental, hija de un agente inmobiliario que le construyó una pista de tenis en el sótano de la casa familiar (la simetría con la infancia de Andre no se le escapa al libro), Steffi ganó veintidós Grand Slams entre mil novecientos ochenta y siete y mil novecientos noventa y nueve, fue número uno del mundo durante trescientas setenta y siete semanas en total (récord absoluto entre hombres y mujeres hasta dos mil veintidós), y es la única tenista de la historia en haber completado el llamado Golden Slam: los cuatro Grand Slams más el oro olímpico en el mismo año natural (mil novecientos ochenta y ocho). Steffi se retiró del tenis en agosto de mil novecientos noventa y nueve, ocho años antes que Andre.
Andre describe el primer acercamiento entre ambos en mil novecientos noventa y nueve, los meses de conocerse sin prisa después de la separación de Brooke, la decisión de no convertir la relación en evento mediático, la boda discreta del veintidós de octubre de dos mil uno sin invitados ni prensa (solo los dos, sus padres y un juez de paz), y la construcción de una vida familiar en Las Vegas con dos hijos pequeños, Jaden Gil (nacido en octubre de dos mil uno) y Jaz Elle (nacida en octubre de dos mil tres). Steffi Graf es, en el dibujo de Open, lo opuesto a todo lo que Andre había buscado por error en la primera mitad de su vida: discreta, profesional, alérgica al espectáculo, capaz de leer el peso emocional del deporte de élite porque ella misma vivió veintidós Grand Slams.
Lo más logrado de los capítulos finales es que Andre se atreve a mostrar el matrimonio con Steffi en su versión real, no idealizada. Discusiones por la educación de los niños (Steffi prefiere la rigidez alemana, Andre la flexibilidad americana), diferencias culturales (Steffi viene de una familia austera y reservada, Andre de la sobreabundancia americana), el paso de la jubilación deportiva con sus crisis de identidad. El libro cierra con la imagen del matrimonio funcionando no porque sea perfecto, sino porque ambos saben qué cuesta el deporte profesional y no esperan del otro lo que ellos mismos no pueden dar. Andre escribe que con Steffi aprendió, por primera vez en su vida, lo que significa la palabra asociación.
La frase fundacional del libro —"odio el tenis, lo odio con una pasión oscura y secreta"— ha sido leída, criticada y revisada durante quince años. ¿Cómo puede un hombre que dedicó veinte años de vida profesional a un deporte, que ganó ocho Grand Slams, que reapareció después de hundirse al puesto ciento cuarenta y uno con voluntad de hierro, declarar que odiaba lo que hacía? La pregunta merece desmenuzarse porque es la matemática emocional del libro y porque tiene una literatura científica detrás que conviene resumir.
Primero, la distinción entre el deporte y la práctica forzada del deporte. Lo que Andre odia, según una lectura cuidadosa del texto, no es el tenis en abstracto sino el tenis impuesto desde los tres años por un padre que no le permitió elegirlo. Esta distinción es crucial. La psicología del deporte distingue entre autonomous motivation (motivación intrínseca, autoelegida) y controlled motivation (motivación impuesta, externa). Décadas de investigación, sintetizadas en la Self-Determination Theory de Edward Deci y Richard Ryan publicada por primera vez en mil novecientos ochenta y cinco, han demostrado que la motivación controlada produce resultados similares a la autónoma en el corto plazo pero genera burnout, ansiedad crónica y desidentificación a medio y largo plazo. El caso Agassi es un ejemplo clínico casi de manual: ejecución técnica de excelencia mundial superpuesta a un núcleo motivacional vacío, sostenida durante dos décadas por la combinación de hábito, contrato, fama, dinero y miedo a defraudar al padre.
Segundo, la identidad atlética y su precio identitario. Britton Brewer y sus colegas del Springfield College propusieron en mil novecientos noventa y tres el concepto de Athletic Identity, definido como el grado en que una persona se identifica con su rol deportivo en detrimento de otros roles posibles (estudiante, padre, ciudadano, profesional). Estudios posteriores han mostrado que una identidad atlética altamente desarrollada se correlaciona con rendimiento superior en competición pero también con depresión post-retiro, dificultades de adaptación a la vida civil y crisis de sentido cuando el cuerpo deja de poder competir. Andre escribe en Open frases que podrían parafrasear directamente la literatura clínica: "no sabía quién era cuando me quitaba la raqueta", "el tenis ocupó todo el espacio donde otros chicos construían personalidad". La identidad atlética exclusiva, en su caso, no fue elección sino sustracción: Mike Agassi quitó todas las demás opciones (escuela, amistades fuera del circuito, hobbies, relaciones) para garantizar que el chico no tuviera competidores internos al rol único.
Tercero, el fenómeno del impostor en deportistas de élite. La sensación de "no merecer estar aquí", "ser un fraude que terminará siendo descubierto", "tener éxito por azar y no por mérito propio" es endémica en el deporte profesional contemporáneo. Pauline Clance y Suzanne Imes acuñaron el concepto en mil novecientos setenta y ocho, originalmente aplicado a mujeres profesionales académicas, y se extendió a otros campos durante los años noventa. Agassi describe varios episodios que son síndrome del impostor en estado puro: la sensación durante Wimbledon mil novecientos noventa y dos de que ganaba "por suerte"; el alivio paradójico que sintió al fallar el test antidopaje en mil novecientos noventa y siete (la frase del libro: "casi me alegré, porque por fin alguien iba a destapar al fraude que yo sentía ser"); la culpa que arrastra cuando gana torneos siendo consciente de que jugadores con vocación tenística real, no impuesta, no llegan a las semifinales. El éxito que llegaba sin alegría retroalimentaba la sensación de fraude.
Cuarto, la burnout en deportistas obligados desde la infancia. Tara Scanlan publicó en mil novecientos noventa y uno un modelo de compromiso deportivo que predice burnout cuando la motivación está sostenida por costes de salida (lo que perderías si paras) y no por beneficios percibidos (lo que ganas si sigues). Andre describe exactamente esa estructura en los capítulos centrales: cuando se planteaba retirarse a mediados de los noventa, lo que lo retenía no era amor al tenis sino la lista de cosas que dejaría perder —contratos, expectativas familiares, la inversión sunken de dos décadas de entrenamiento, el dinero, la fama. Cuando el balance entre coste de salida y beneficio percibido se invierte (que ocurre, en su caso, hacia dos mil cuando ya tiene dinero, fama y la fundación en marcha), la voluntad de retirarse se concreta. Pero por entonces ya queda mucho menos tenis por jugar.
Quinto, el impacto físico acumulado y la disonancia cognitiva del cuerpo. Andre lo dice sin rodeos: golpear una pelota dos mil quinientas veces al día durante veinte años deja un cuerpo destruido. Las hernias discales (dos, en L4-L5 y L5-S1), la operación de muñeca derecha de mil novecientos noventa y siete, la lesión crónica del codo, las infiltraciones de cortisona en hombro y rodilla, son acumulación industrial de microtraumas. La biomecánica del retorno de servicio (rotación de tronco a alta velocidad con peso de la raqueta acelerando hacia adelante) es destructiva en repetición sostenida. Andre escribe que mucha del odio que sentía al tenis era, en realidad, odio al cuerpo dolorido que el tenis le había construido. La identidad atlética genera una disonancia cognitiva interesante: el deportista profesional alaba al cuerpo en público (instagram, ruedas de prensa, contratos publicitarios) y lo padece en privado (dolor crónico, infiltraciones, antiinflamatorios diarios). Andre rompe la disonancia y muestra el cuerpo como lo siente, no como lo posa.
Sexto, la reconciliación tardía y la transición hacia el sentido. Si Open termina bien (y termina bien), no es porque Andre haya aprendido a amar el tenis sino porque ha aprendido a separarse del tenis sin perder identidad. La psicología contemporánea, particularmente el trabajo de Viktor Frankl en El hombre en busca de sentido (mil novecientos cuarenta y seis), sostiene que el sufrimiento se hace soportable cuando se conecta con un proyecto de sentido. Para Andre, el sentido llega con la fundación: si su vida deportiva fue una imposición, su vida post-deportiva puede ser una elección. El colegio de Las Vegas es, en términos casi clínicos, su logotherapy aplicada: el dolor de veinte años de tenis se redime cuando produce escuelas para niños que sí pueden elegir su futuro. La frase del libro condensa todo el arco: "el tenis fue una imposición; el colegio es una decisión adulta". La diferencia no es semántica, es ontológica.
Séptimo, la posibilidad de transmitir o no transmitir el patrón. La pregunta final que Open deja flotando es si Andre, ahora padre de Jaden y Jaz Agassi-Graf, repetirá con sus hijos el contrato que Mike repitió con él. La respuesta del libro, escrita con el matiz del padre primerizo, es no. Los dos hijos del matrimonio no juegan al tenis profesional. Jaden se decantó por el béisbol durante su adolescencia y luego por la música; Jaz por el baile. Andre escribe que la decisión consciente de no presionar a sus hijos hacia el tenis es el legado más importante de Open. Romper la cadena requiere consciencia explícita, vigilancia diaria y la disposición a perder algunas grandezas familiares (el hijo nº uno del mundo) a cambio de otras menos espectaculares (el hijo que elige). Ningún tratado de psicología del deporte habría podido escribir el cierre del libro con tanta precisión emocional. Open termina ahí: con la posibilidad de no transmitir lo que se ha recibido.
"Jaden tendrá que elegir su pasión, sea lo que sea. Yo no tuve esa opción. La mayor reparación que puedo hacer por mi pasado es asegurarme de que mi hijo no tenga que escribir sobre mí lo que yo he escrito sobre mi padre." — Andre Agassi, Open
Veinte años de carrera condensados. El primer Grand Slam llega tarde según los estándares de la época (22 años en Wimbledon 1992); la caída de 1997 lo hunde al puesto 141 del mundo, una de las mayores caídas de un ex número uno en la historia del tenis; el renacer con Gilbert y luego con Steffi le permite ganar más Grand Slams entre los 29 y 33 años que entre los 17 y 24. La operación quiropráctica de 2005 cierra la carrera. La curva no es lineal — es una vida.
El ecosistema relacional de Andre se divide en dos hemisferios claros. El de la infancia y primera carrera, dominado por figuras controladoras o estructuralmente dañinas: Mike (padre), Bollettieri (academia), Brooke (matrimonio fallido por choque cultural). El de la madurez y reconstrucción, dominado por figuras de soporte: Brad Gilbert (coach correctivo), Gil Reyes (cuerpo), Perry Rogers (carrera comercial y filantrópica), Steffi Graf (matrimonio adulto), los hijos (proyecto de no transmitir el patrón heredado).
El gráfico muestra los ocho Grand Slams de Andre ordenados cronológicamente, con la edad a la que los ganó en el eje vertical. La distribución es atípica para un tenista profesional: la mayor parte de sus títulos importantes llega después de los 28 años, edad en la que la gran mayoría de tenistas masculinos han ya bajado escalones. Andre completó el Career Grand Slam (los cuatro torneos grandes) a los 29 años con Roland Garros 1999, un logro que solo otros cuatro hombres en la historia comparten con él: Don Budge, Roy Emerson, Rod Laver y Fred Perry (y después, Federer, Nadal y Djokovic).
La curva de rendimiento de Agassi es atípica para un tenista de élite masculino. La mayoría de jugadores tiene un pico único entre los 23 y 26 años seguido de declive paulatino. Andre presenta dos picos separados por una crisis intermedia: el primer pico hacia los 24-25 años (US Open 1994, número uno en 1995), la caída al puesto 141 a los 27 años, y el segundo pico, más sostenido, entre los 29 y los 33 años (1999-2003). Esta forma bimodal es prácticamente inédita en el tenis ATP histórico y refleja la doble vida emocional del propio Andre: primera fase como producto del padre, segunda fase como proyecto propio.
El mapa de impacto post-2006 muestra la deliberada diversificación de Andre fuera del tenis: educación (su proyecto central, con un legado cuantificable de miles de alumnos graduados), memorias (Open redefine el género autobiografía deportiva), mentoría puntual (acompañando a Djokovic en 2017-2018 cuando el serbio atravesaba su propia crisis de identidad), y fondo de inversión inmobiliario-educativo (Turner-Agassi, especializado en construir infraestructura para colegios charter). La huella civil de Andre fuera de la pista supera, en términos de impacto social cuantificable, la huella deportiva acumulada durante veinte años de carrera.
El primer reparo importante: J.R. Moehringer es ghostwriter. El libro se publica firmado solo por Andre Agassi, pero el verdadero arquitecto literario es Moehringer, periodista del LA Times, premio Pulitzer 2000 por su serie sobre Gee's Bend, Alabama, autor de The Tender Bar (El bar de las grandes esperanzas, 2005). La voz de Andre es la materia prima; el oficio narrativo, las imágenes literarias, los cierres de capítulo afilados, las elipsis estratégicas, son de Moehringer. Eso no invalida el libro, pero conviene leerlo sabiendo que es un texto co-construido, no un diario crudo. Andre lo reconocería más tarde en entrevistas; Moehringer firmaría poco después Shoe Dog con Phil Knight aplicando la misma fórmula y, en 2023, las memorias del príncipe Harry tituladas Spare. La emoción es real, la técnica es prestada.
Segundo: el revisionismo retrospectivo. Andre escribe el libro a los treinta y nueve años, ya retirado, casado y feliz. La perspectiva es necesariamente reconciliadora. ¿Realmente odió el tenis durante toda su carrera, o el odio es una reconstrucción narrativa desde el sofá de los años post-retiro? Los rivales históricos (Sampras, Becker, McEnroe) cuestionaron en su momento varios pasajes alegando que Andre, en pista, parecía disfrutar y competir más de lo que el libro deja ver. Pete Sampras, en su propia autobiografía A Champion's Mind (2008), había descrito un Andre rivalizando con motivación competitiva intacta. La memoria es siempre interpretación, y la memoria publicada lo es aún más. Conviene leer Open como una versión coherente de los hechos, no como la única versión posible.
Tercero: privilegio masculino US-centric. Open opera dentro del marco mental del deportista varón estadounidense de los noventa: dinero abundante desde los dieciocho años, agentes profesionales, segundas oportunidades, fama mediática, padrinos como Wendi Stewart o Perry Rogers que multiplican plataformas. Las mujeres del tenis de la misma generación (Steffi Graf, Monica Seles, Mary Pierce, Jennifer Capriati) vivieron presiones paternales tan o más brutales que Andre y sin la red de seguridad financiera ni la facilidad estructural para reconstruirse. Jennifer Capriati en particular, alumna también de Bollettieri, vivió su propia caída pública entre 1993 y 1995 (arrestada por posesión de marihuana con dieciocho años, fotografía policial publicada en revistas internacionales, depresión documentada) sin el privilegio de redención narrativa que Andre tendría dos décadas después. El libro no la menciona como referencia. Vivir el deporte como Andre lo vivió, con los recursos que él tuvo, no es la experiencia universal del deportista de élite. Es una experiencia masculina, americana, blanca, ricamente acompañada.
Cuarto: la comparación literaria. Open compite en el género autobiografía deportiva con tres referentes que conviene tener en mente. Touched by God de Diego Maradona (2016), donde el argentino narra el Mundial 86 con una rawness emocional que Andre, más filtrado por Moehringer, no alcanza. The 1997 Masters: My Story de Tiger Woods (2017), también con ghostwriter pero menos pulida, donde Woods se permite una arrogancia técnica que Andre no se permite ni cuando podría. Finding Ultra de Rich Roll (2012), memoir de un ultramaratoniano vegano ex-alcohólico cuyo arco redentor cubre el mismo territorio (deporte como solución a una crisis personal) sin glamour ni dinero. Open es probablemente el mejor escrito de los cuatro, pero no necesariamente el más honesto. La belleza literaria tiene un coste de transparencia.
Quinto: el silencio sobre Perry Rogers en términos negativos. Open describe la amistad con Perry Rogers como una relación sin grietas, mientras que la realidad documentada muestra que la sociedad entre ambos se fracturó hacia 2009 por desacuerdos comerciales relacionados con inversiones de Andre que Perry había gestionado durante años. Las dos partes terminaron en disputas legales que duraron hasta 2013. El libro, publicado en pleno proceso de fractura, omite por completo este capítulo. Es decisión legítima en una autobiografía (uno elige qué contar), pero importa señalarla: las memorias del deporte cuentan lo que conviene contar en el momento exacto en que se cuenta. Tienen siempre una dimensión estratégica que la voz íntima del narrador no admite.
"Una memoria no es lo que pasó. Es lo que recordamos que pasó cuando ya no podemos cambiarlo. Open es la versión de Andre. Una versión espléndida, sí, pero versión." — comentario crítico publicado en el New York Times tras la salida del libro